Jim Morrison se suicidó el tres de julio de 1971. Kurt Cobain hizo lo propio el cinco de abril de 1994. Elvis Presley, quizás, el 16 de agosto de 1977. Ian Curtis, líder de Joy Division, el 18 de mayo de 1980, a los 23 años. Es innegable la atracción que nos suscitan estas figuras, que colaboraron en la creación de un estereotipo que en nuestros días no encontramos sino descafeinado: la del rockero joven y brillante que se mete todo lo que pilla por delante y acaba encontrando la muerte, por su propia mano, tras una espiral de fama, éxito, drogas, decadencia y desorden.

La fascinación que sentimos hacia estos personajes es un buen ancla para ver Last days (Gus van Sant, 2005), inspirada en los últimos días del cantante de Nirvana,  o esta Control, biopic que retrata la vida de Ian Curtis desde su entrada en Warsaw, génesis de Joy Division, hasta su muerte. Con un protagonista de semejante calaña, Anton Corbjin lo hubiera tenido fácil para convertir la película en un enorme videoclip de dos horas con abundantes escenas de sexo, drogas y rock&roll.

Afortunadamente no es el caso. Control es, sobre todo, un esbozo intimista de la mente de un muchacho perturbado, que hace todo demasiado rápido y al que las cosas nunca acaban de salirle bien. Su matrimonio es un fracaso, cree a su hija condenada a odiarle, el éxito de la banda le ahoga en un mundo insalubre y unos fuertes ataques epilépticos ponen la puntilla a una vida oscura y llena de sufrimiento. ¿Cómo no retratar todo esto sin caer en la salida fácil, sin traicionar al personaje, motor inmóvil de su propia desdicha?

Pues como lo hace Control, apostando por la elegancia. Una elegancia de fondo que salpica la forma, de un exquisito blanco y negro, donde la luz nos guía en un mundo con demasiadas sombras. La implosión de Curtis es reflejada en inmóviles planos del cantante con el rostro desencajado. Nada de hacer evidentes sus tenebrosas adicciones y comportamientos: un párpado medio caído nos habla más de la penitencia del personaje que escenas demasiado explícitas.

Claro que esta apuesta por la sobriedad discursiva no es factible sin la actuación contenida pero profunda de Sam Riley, que se enfunda en la piel de Curtis con tal habilidad y con tan asombroso parecido que tras ver Control, los rostros de actor y cantante tienden a confundirse en la mente del espectador. Aunque tal contingencia expresiva puede confundirnos a la hora de saber qué pasa por la cabeza del atormentado Curtis. Pero es un efecto a todas luces buscado, si atendemos a las historias de amor con su mujer y con su amante. Estamos tan confundidos sobre la dueña de su corazón como probablemente lo estaría el joven cantante.

Y al final, de un modo o de otro, como profetizó Ian Curtis en la más famosa de sus letras, el amor nos destrozará otra vez.

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